Esa mañana mi cara no podía despegarse de la almohada. La botella de Bourbon a los pies de la mesa de noche no era una buena señal. Vacía, como esa parte de mi vida, esa parte que todos los días acababa igual.
No era fácil salir de aquel agujero, y menos teniendo una licorería a la vuelta de la esquina.
Desde fuera todo parecía normal, yo salía de mi trabajo, parábamos en el bar al lado de la oficina y tomábamos unas cervezas. A la media hora cada mochuelo a su olivo. Yo cogía la línea 2 de metro y me bajaba en la parada que durante 6 años me veía de lunes a viernes a las ocho de la tarde.
Bajaba la calle que llevaba a mi casa, y como siempre la gente apuraba las últimas compras, antes de que los comercios echaran las chapas.
Yo llegaba a mi casa, dejaba la corbata colgada en el primer pomo que encontraba, le daba al play del discman y mientras me daba una ducha escuchaba un Sha la la….
Un día más son las ocho de la mañana y después de media cafetera parece que vuelvo a ser el que todos conocen.
La línea 2 de metro está llena de gente, como todas las mañanas cada uno va en su sitio.
La chica rubia en el asiento del fondo a la derecha, el señor de la mochila verde de pie agarrando la barra o viceversa, porque cuando viene la curva en subida de cuatro caminos es difícil diferenciar quien sostiene a quien.
Mi parada. Salimos en el orden establecido desde hace tres años que compartimos vagón y horario. El de la mochila siempre delante y yo pareciendo su sombra. Siempre manteniendo las distancias, los tres metros de distancia de seguridad los respeto y no intento adelantar. Un día lo intenté y me fue imposible, parecíamos dos atletas de marcha luchando por ser campeones en llegar a la vuelta de la esquina. Después de aquel ridículo tan mañanero no pienso volver a intentarlo, aunque al cabrito de él hay días que hace el amago de ir más lento a ver si yo entro al trapo, pero ni de coña, a esas horas no estoy yo para esfuerzos.
La llegada a la oficina era como siempre, fría y silenciosa. La gente poco a poco iba apareciendo cual fantasmas entre tinieblas. Poco a poco las luces del edificio empezaban a iluminarse y todo volvía a ser como doce horas antes.
Después de un cigarro en la terraza y un vaso de café sólo no queda más remedio que empezar a trabajar. La cabeza aún está preguntándose porqué le someto a esos excesos, me recuerda cada mañana que algún día se vengará, parece que a ella no le sienta muy bien el Sha la la….
A las diez de la mañana recibo un mensaje de correo electrónico que dice lo siguiente:
“Gracias por el trabajo desempeñado en esta empresa. Está despedido. Recoja sus cosas y mañana ya no se presente en su puesto de trabajo”.
Firmado la dirección de Recursos Humanos
Con un impersonal mensaje al mail me dicen que estoy despedido después de cinco años trabajando en esa empresa.
Después de una hora de ardua discusión, más bien de desahogo delante de la cara del jefe de Recursos Humanos, abandono la empresa y ni siquiera recojo mis pertenencias. La verdad es que las cuatro cosas que tenía en mi oficina lo único que iban a provocar en mi era recordar a esos pedazo de hijos de puta desagradecidos.
A las once y media de la mañana mi cuerpo sale a la calle sin trabajo y con un dolor de cabeza provocado por el Sha la la y la excitación del momento “parado”.
Salgo del metro en la parada de Santo Domingo y sin un rumbo muy fijo empiezo a subir la calle hacia Callao.
Sin saber muy bien ni porqué entro en la FNAC y observo como la sala de lectura a las doce de la mañana está abarrotada. Gente joven, maduros, jubilados, amas de casa, chicas en edad de merecer…y un “puto parado”. Decido coger un libro de los denominados auto-ayuda y me siento al lado de un hombre que parece que está más interesado en ver las piernas de una madura talluda que en leer el libro de Pérez – Reverte que tiene en las manos.
La música que sonaba de fondo era de Cold Play, ¡Lo mejorcito que hay para levantar el ánimo! ¡Vamos no me jodas! Parecía como si me estuvieran dando golpes en la cabeza con un palo de béisbol. Entre la resaca, la excitación del despido y la voz amariconada de Chris Martin…
¡Dios!
Decido irme de ese lugar llamado a la relajación. Provocaba en mi un desasosiego tal, casi superior a ver a la presidenta del Gobierno en el telediario. Que por cierto a la muy hija de puta ya le vale… estoy hasta las pelotas de que los políticos nos den lecciones de moralidad, lecciones sobre salud, lecciones sobre medio ambiente, a ver quien de una puta vez les da lecciones de honestidad y honradez, ¡que nos dejen vivir nuestra vida que no es poco y que ellos y sus circunstancias se vayan al carajo!
Después de salir de la puerta de la FNAC maldiciendo a los políticos, vuelvo a la calle y vuelvo a cagarme en los políticos. ¿Por qué? Pues porque empezaba a llover y yo sin paraguas. Desde que esa mujer está de Presidenta del Gobierno en mi vida solo pasan desgracias.
Ahora que recuerdo, el día que ganó las elecciones yo salía del Honky Tonk con una borrachera del quince, la rubia que iba a mi lado también iba bien colocadita, no se como carajo una pandilla de niñatos empezaron a zarandearnos gritando el nombre de la Presidenta, estaban celebrando su victoria, a rubia que me acompañaba dijo algo relativo a la madre de la Presidenta y de ahí me desperté en el Gregorio Marañón en un box de urgencias. Un policía muy amable me preguntaba que recordaba de esa noche, sinceramente, poco, recordaba muy poco, la rubia, los niñatos y poco más.
La enfermera me dijo que tendría dolor muscular durante unos días y me dio unos calmantes. Eso con el Bourbon era mano de santo…
A la rubia nunca más la volví a ver, pero a la cabrona de la Presidenta la tengo que aguantar todos los putos días y a todas putas horas en los medios de comunicación. Porqué no se dedicará a trabajar, en vez de andar de medio en medio como si fuera una folclórica venida a menos.
Paseando por la calle Preciados me doy cuenta de que cada vez más gente intenta vender cosas. Te abordan constantemente ofreciéndote un sin fin de falsificaciones. Falsificaciones que por otra parte bien parecen Verificaciones, dado que a simple vista no se notan las diferencias.
Una vez delante de la Puerta del Sol me dirijo a ver si aún sigue existiendo la placa que recordaba el Punto Cero de todas las carreteras nacionales.
Otra vez en el hospital. Otra vez un policía viendo como recobro el sentido. No sé ni que a que día estamos y el cumplido oficial pretende que le diga si recuerdo algo del accidente.
- Mire agente, no quiero ser descortés, pero por favor, no ve que estoy echo una puta mierda. Por favor, por favor, solo un poquito de tranquilidad…
- ¿Por cierto agente? ¿Que ha pasado?
El cabrón se encoge de hombros y sale cerrando la puerta. A los diez segundos, o quizás menos, o quizás más, suenan unos nudillos en la madera de la puerta. La puerta se abre y un ángel vestido de enfermera se dirige sonriente hacia mí. Lo de “ángel” no es porque su belleza, que carecía de ella, sino por la jeringuilla llenita de calmantes que empezó a poner en el gotero.
Antes de volver a mi sueño, le pregunto a la enfermera si sabe como había llegado hasta allí. Ella entre risas, creo que me estaban haciendo efecto los calmantes porque yo no le veía la gracia, me cuenta que había sido atropellado por un taxista. El taxista estaba muy preocupado por mi estado y que cuando estuviera recuperado se acercaría a visitarme.
Joder, atropellado por un taxista temerario, el cabrón debía de ir a toda hostia, a juicio del estado en que me encontraba.
Han pasado quince días y me dan el alta.
De nuevo en mi casa. El cabrón del taxista estaba tan arrepentido porque no tenía ni licencia, ni seguro. Así que venía de vez en cuando a convencerme que no lo denunciara, que tenía una familia que mantener y que iba a ser de él.
Al final lo denuncié. Puestos a dar lástima mi vida está más jodida que la de él. Y yo no voy atropellando a ciudadanos con problemas por el mundo.
Esta puta ciudad se está poniendo insoportable, inhumana e impersonal.
Poco a poco me voy recuperando del accidente y decido emprender el amargo y largo camino por el mundo de la Seguridad Social. Mi intención era intentar conseguir una incapacidad.
Los informes médicos, legales, decían que había perdido un 60% de movilidad en la pierna derecha, un 85% en un hombro y un 30% de oído. Vamos que el que me viera andar pensaría que era un “zombi” del Thriller de Michael Jackson.
Yo creo que lo del oído ya lo tenía de estar tantas noches metido en garitos inmundos, lo raro es que no haya perdido nada de voz, porque había sitios donde ni a gritos conseguía uno comunicarse, eso sí, ¡siempre quedaba el sentido del tacto!
Voy con mi carpetilla llena de papelotes, o bien llamados informes médicos, un carro lleno de paciencia y me pongo a hacer cola delante de la ventanilla de prestaciones de la oficina de la Seguridad Social de mi barrio. Después de más de una hora esperando mi ánimo aún estaba intacto ya que aquello era un ir y venir de gente con todo tipo de “taras”…la verdad me entretenía aquellos movimientos “migratorios” y porque no decirlo, había una tía en la mesa número 4 que me estaba poniendo a mil.
Por desgracia a mi me tocó lidiar con un señor bajito, calvito y un poco regordete. Eso sí era un señor muy simpático, seguro que mucho más que la pedazo de diosa del olimpo que ocupaba la mesa 4. Pero me tenía que conformar con hablar con su compañero.
Al final, después de tanto tiempo, me dan un número de teléfono para que pida cita para una revisión médica de capacitación. Otro número de teléfono era el que yo quería, pero que se le va hacer, “las diosas del olimpo” nunca fueron mi especialidad.
Un día más perdido y un día menos para una incapacitación de la Seguridad Social, todo parecía que iba por buen camino.
Me levanto de la siesta con una cantidad de positivismo neuronal elevado, muy elevado, así que con esa elevación me doy una ducha y escucho un Sha la la…
Son las cuatro de la tarde. Parece que la noche anterior fue larga y dura. Menos mal que mi solicitud de incapacidad va lenta pero segura, o eso creo.
Poco a poco vuelve a mi la cordura, y empiezo a recordar que la noche anterior había quedado con un tipo esta tarde a las seis, en la plaza de Cascorro.
Recuerdo que me dijo que era el primo de Juan, el conserje de un edificio donde trabajaba antiguamente el primo de un antiguo compañero de trabajo. ¡Joder! El mundo es un pañuelo.
Estaba totalmente decidido a no acudir a la cita, pero el susodicho individuo me manda un mensaje al móvil diciéndome que si aún estaba interesado en el asunto.
La verdad es que poco recordaba yo de la conversación de la noche anterior, ¡joder! ¡No puedo beber!, se me va la pelota.
Medio sin saber lo que me iba a encontrar ni a quien carajo tenía que buscar llego a la entrada de la plaza y me pongo en una esquina a observar el panorama.
Por la espalda, pero sin traición, aparece el individuo, del cual no hace falta que diga que no recuerdo su nombre, con la “diosa del olimpo”. Joder que pequeño es el mundo.
Nos vamos a una cafetería a tomar algo, y yo entre la resaca, el mal cuerpo y el número infinito de curvas que estaba recorriendo mi mente por el cuerpo de la diosa, me empezó todo a dar vueltas, y más vueltas, que pasó algo impropio de mi persona a esas horas. El individuo acabó con 20€ de mi cartera en sus manos para pagar los gastos de la tintorería, con lo cual tuvimos que aplazar la cita y la conversación para otra ocasión. Por supuesto la “diosa del olimpo” no se quedó conmigo, eso sólo pasa en las películas.
Después de cinco meses de espera y unos cuantos Sha la las, mi situación poco ha variado, sigo cojo, medio sordo y algo torpe de manos, no obstante por lo demás, todo sigue igual. El individuo me ha zumbado 3000€ y estos no eran para tintorerías, eran para pagar los nuevos genitales de la “diosa del olimpo” ya que no era tanta “diosa”, más bien era un pedazo “dios griego”…
La incapacidad está autorizada, solo falta que me ingresen el dinero en el banco, mi vida tiene que tomar un nuevo rumbo, porque ahora que no trabajo, todos los días son Sha la las… y esto no puede ser.
Ayer pasé por delante de una agencia de viajes, entré un momento y después de que me despachara un muchacho muy simpático salí de allí cargado como una burra de catálogos de cruceros, spa´s, paradores, balnearios, clubes de gol, etc.…
No tenía muy claro lo que iba a hacer con todo ese montón de catálogos, pero lo mínimo que podía hacer era ya que los tenía leerlos.
Estaba pasando poco a poco las páginas, mientras en la puta televisión no ponían nada, cuando mi mirada se paró en la foto estupenda de una chica morena con las manos tapándose los senos que me miraba de forma un poco descarada para no conocernos de nada.
Mañana mismo me presento en la agencia de viajes y compró un viaje a una playita tranquila a ver si encuentro a una chica como la de la foto.
Pero no. De camino a la agencia de viajes me encuentro con una antigua “amiga”, mejor dicho, rollete de verano, de hace muchos veranos, de esos veranos en los que la tableta de chocolate aún no se había convertido en morcilla de Burgos.
Como hacía tiempo que no la veía, y ella parecía que tenía predisposición nos fuimos a tomar un café, del café al colchón y ¿en el colchón?... “polvorón”.
Mi vida no tiene sentido y creo que nunca lo tendrá. No sé como soy, no sé quien soy, no sé si realmente existo, sé que poco a poco va pasando el tiempo y yo sigo sumergido en mi Sha la la…