Una mañana más. El cenicero aún tenía caliente la última colilla. Se marchó. Pero como siempre su olor permanecía en mi cuerpo. Un olor amargo como el Gin Tónic.

Nunca pensé que me podría enganchar así. Aún no sabía que era lo que me gustaba de ella. Supongo que simplemente ella. Daba igual como fuera, daba igual que hiciera, simplemente quería tenerla para mí, para disfrutarla, para que me hiciera disfrutar.

Las noches eran duras, se hacían interminables, que decir que sin ayuda no conseguiríamos al día siguiente ponernos nuestros disfraces de trabajo.

Como cada mañana era el café el primero en acompañarme hasta mi mesa de trabajo. Allí las fotos de lo que no era, me sumergían día a día en el mundo gris de mi vida. Ese mundo real, que nos hace sufrir cada día.

Como cada tarde, la ansiedad me hacía refugiarme en ella. Me tenía a su merced, como una marioneta.
Un portal oscuro, la última esquina del Pub, la parte de atrás del coche.

Todo pasaba tan rápido que la vida pasaba sin darnos cuenta. Aquellos días que pintaban bien, aprovechábamos la oportunidad como se nos brindaba, para luego todo volver a empezar.

Maria no sabe que estova a acabar. Aquellos días pasaron. Estaba dispuesto a volver a empezar.
Quería salir de ese gris que me acompañaba 12 horas al día, día a día. Necesito luz todo el día. Y la luz que encuentro a las noches no llegan a brillar como yo quiero.

Mañana se lo diré. Mañana la dejaré. Mañana se acabará.

Mientras tanto la abrazaré una noche más, sólo esta noche.